A manera de EDITORIAL de Vanguardia.
A unas horas de que el Ejecutivo federal cumpla con la obligación de remitir al Poder Legislativo su propuesta de paquete económico para el próximo año, el ritual de oportunismo político que suele rodear la discusión presupuestal en México ha comenzado a recrearse en San Lázaro.
Como ha ocurrido religiosamente desde la segunda mitad de la administración de Ernesto Zedillo, cuando el Presidente de la República perdió la mayoría legislativa, nuestros representantes populares han comenzado a mostrar las estrategias con las cuales pretenden convencernos de que “gracias a ellos” tendremos tal o cual “beneficio”.
Los argumentos sobre la mesa pertenecen al guión de una película que ya hemos visto suficientes veces como para aprendérnoslos de memoria: reducción al gasto corriente, no a los impuestos, prioridad al gasto social, ni un peso menos a la educación universitaria…
A partir de allí, en los próximos días presenciaremos -por enésima ocasión- la batalla para fijar el precio promedio del barril de petróleo, única variable sobre la cual realmente puede discutirse por su relevante impacto en las finanzas públicas, y para determinar el tamaño del déficit fiscal, así como el nivel de endeudamiento que se autorizará a la Ciudad de México.
Concluida la primera batalla, es decir, la que sirve para determinar el volumen de los ingresos del próximo ejercicio fiscal, comenzará la lucha encarnizada por el reparto del pastel… Otra película que ya vimos.
Desfilarán por San Lázaro gobernadores, secretarios de finanzas, legisladores locales, presidentes municipales, secretarios de estado, rectores de universidades públicas. Todos repetirán el mismo discurso: el monto de recursos que se les asigna es insuficiente y, dado que los proyectos por ellos encabezados son realmente prioritarios para el desarrollo nacional, tendrían que recibir una rebanada más grande del pastel.
En medio de la discusión, la realidad asomará una vez más con toda su crudeza: el problema es que todo mundo se pelea por las migajas del pastel, pero nadie hace algo para que el tamaño del mismo crezca.
Ese es nuestro único problema: un pastel que no alcanza para satisfacer el apetito de los convidados a la mesa, lo cual genera un problema que sólo se resuelve haciendo las rebanadas cada vez más delgadas o cocinando un pastel cada vez más grande.
Pero hornear una pieza de mayores dimensiones exige que los cocineros estén dispuestos a pagar el costo de los ingredientes adicionales y de construir un horno más grande.
Nuestros cocineros, por desgracia, nada quieren saber de costos y lo único que les interesa es obtener ganancias personales. Lo suyo es medrar y por ello han comenzado temprano el concurso de poses del cual pretenden emerger como “salvadores de la patria”, aunque en realidad lo único que estén haciendo sea prolongar nuestra permanencia en el subdesarrollo.






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