Todos sabemos de alguna manera o medida lo que esta sucediendo en el país, nos dijo nuestro Obispo don Felipe Padilla Cardona, de cómo se le ha estado apostando al dolor, sufrimiento y a la caída. La personalidad de los jóvenes desintegrándose en la nada de las ideas vagas, los niños muriendo sin haber disfrutado a Dios, las familias en las mil batallas para conseguir el sustento y atrapadas muchas veces en los cotos que lo ofrecen todo pero sin moral porque no la tienen, nuestros políticos enfrascados en protagonismos que defienden su queso y su miel sin pensar en tan solo alguno de los ciudadanos que votaron por ellos.
Nuestros ambientes están llenos de desconfianza, acciones enrarecidas e increíbles, porque ya no sabemos con quien convivimos o quien esta cerca de nuestra vivienda, o trabajo, o lugares recreativos. La muerte es tan lamentable que nos hace pensar en los muertos como una partida inútil e estéril, gente que debió ser evangelizada y llamada al amor, a la paz, a la alegría de una vida generosa y humana. La hamartiosfera que nos sumerge en la sin razón de todos los conflictos nos reta a reventar la muerte con el evangelio de Cristo, su palabra que reconcilia y el banquete de la eucaristía que fortalece.
El lenguaje de la muerte lo invade todo, ya no sabemos hablar ni significar. Decimos una palabra con diez movimientos del cuerpo y estos quisieran ser entendidos como si hubieran dado todo un discurso. Nuestro lenguaje es corriente y denota pobreza interior, la renuncia a la inocencia es cada vez más notoria.
La inocencia que consiste sobre todo en hacer el bien, esta siendo considerada como un insulto al “puedo ser o sentir o hacer lo que me venga en gana”, es decir, como si la inocencia fuera un estorbo al proyecto personal de la felicidad. Se niega que la inocencia sea la única oportunidad para la bondad y la bondad para el bien y el bien la única fuerza para vencer el mal, pero como ya no importa tal cosa, el mal nos invade en todo, lenguaje, acciones, actitudes, ambientes fétidos y muerte, y muertos.
Nuestros estudios acerca del SER nos afirman que el mal no entra más que cuando se lo permitimos. Sabemos que entre mas lo ocultamos mas nos afecta, nos roba la alegría, amarga y hace perder todos los espacios que antes eran coloridos y lugares de convivencia. Debemos enfrentar el mal, evidenciarlo, no tenemos porque sufrirlo, acaso el amor no es comprensivo y servicial. En este sentido el mal una vez dado debe ser vencido por el amor que es más fuerte que todas las muertes que pudiera producir. Una gotita de inocencia, de bien, de amor, es mucho más productiva que todas las toneladas posibles de MAL.
Pero, ¿y si somos nosotros los que hicimos el mal? Entonces lo mejor es la “compunción”, sentirme compungido ante el mal hecho y buscar toda forma o manera de lograr que el mal no continúe dando frutos de garrote vil o paladas de panteón. “llevamos un tesoro en vasija de barro” y la mejor manera de cuidarlo es la inocencia que hace el bien.
El matrimonio que es la fuente de toda vida ha estado sufriendo cada calamidad, empezando que las nuevas generaciones son más dados a las solterías prolongadas, a las uniones holgadas, cómodas, sin hijos, que al compromiso del amor generoso y sacrificado.
Antes las parejas se ponían de novios, se conocían, se amaban y luego se casaban, después venían los hijos. Actualmente las parejas primero tienen hijos, luego se conocen, luego se casan y después se aman. De aquí que hay matrimonios para bien amarse, otros para bien llevarse, y otros para bien morir.
Urge que redescubramos la fuerza fogosa que da el espíritu misionero al mensajero que anuncia la paz. Urge que los cristianos tengamos a Cristo como centro y no YO, que no me convierta en el protagonista pues eso me llevara a la agonía del “mi mismo” y Cristo no será conocido ni amado. El Señor Obispo Don Felipe Padilla nos dijo que el gran pecado de los Cristianos es “el protagonismo Espiritual” que hace mucho daño porque solo busca aplauso, admiración y apoyos personales. Este sujeto no es un evangelizador sino un “corredor de la bolsa del prójimo”. Al final solo cosechara más sufrimiento del que encontró y será olvidado como un bache que fue tapado.
Somos reflectores de Cristo, somos enviados para transparentarlo, celebrarlo con toda la fuerza de la fe y vivirlo con toda la lucidez del amor. Efesios cap. 1, 3-15 es un himno amoroso donde Dios me dice que El siempre piensa en nosotros, antes, en y después de la creación.
Al final Don Felipe. Que es un gran biblista y pastor nos dijo: “la palabra de Dios no se aplaude, ni se sufre, ¡SE VIVE!.
Comparto con Ustedes un poco de lo mucho que vivimos con nuestro nuevo Obispo.
Un abrazo.
Padre Jorge








